Lección 9 de 12
En Progreso

La explosión demográfica y su influencia en el ambiente

Por poner un ejemplo, en la Europa del siglo XVIII cada mujer tenía 6 hijos por término medio, pero la población apenas aumentaba porque la mayoría de esos niños no llegaba a la edad adulta. Con la mejora de las condiciones de vida que acompañó a la revolución industrial: avances de la medicina preventiva y del mejoramiento sustancial de los sistemas de provisión de agua potable y saneamiento básico, la mortalidad infantil decreció y la esperanza de vida aumentó y como consecuencia se produjo un crecimiento significativo de la población.

La prosperidad económica de los años 50`s y 60`s tanto los Estados Unidos, como Europa y la Unión Soviética alcanzaron tasas de crecimiento económico nunca registradas en la historia de la humanidad. Muchos de los países en desarrollo también presentaron unas tasas de crecimiento que, en muchos casos, no se han repetido. Simultáneamente a ese crecimiento económico, la humanidad presentó unas tasas de crecimiento poblacional también sin antecedentes; la población mundial se ha duplicado desde 1970.

Fig. 61 Crecimiento de la población mundial.
Fuente: Fondo de Población de la ONU

Cabe señalar que la mayor actividad en la producción de bienes y servicios asociada al crecimiento económico, genera un incremento en la demanda sobre los recursos naturales, tanto sobre los recursos naturales renovables (agua, flora, fauna, suelos) como sobre los recursos naturales no renovables (minería, hidrocarburos), genera una mayor intervención de los ecosistemas tanto terrestres como acuáticos, mayor perturbación en la velocidad natural de los ciclos biogeoquímicos, mayor generación de residuos y contaminantes, en conclusión se ejerce una mayor presión sobre el ambiente.

La Comisión Mundial del Medio Ambiente y del Desarrollo señaló en el año 1988 las consecuencias de este crecimiento poblacional: “En muchas partes del mundo, la población crece según tasas que los recursos ambientales disponibles no pueden sostener, tasas que están sobrepasando todas las expectativas razonables de mejora en materia de vivienda, atención médica, seguridad alimentaria o suministro de energía”. Y aunque se ha producido un descenso en la tasa de crecimiento de la población, la sobrepoblación urbana y patrón de consumo actual, especialmente en los países desarrollados, trae consigo desafíos tales como: falta de áreas urbanizables, congestión vehicular, escasez de energía, falta de acceso a agua potable, mayor contaminación, incremento en la generación de residuos, falta de alimentos de calidad, entre otros.

La expansión de la frontera agropecuaria en los países del trópico detonó una deforestación sin antecedentes en la cuenca Amazónica, el sudeste asiático y la cuenca del Congo, las áreas boscosas del mundo más ricas en diversidad biológica, y desde entonces no se ha detenido. A su vez, la necesidad de alimentar una población en crecimiento llevó mediante el uso de los agroquímicos y el mejoramiento de la productividad de especies básicas como el maíz, el arroz, el trigo y la yuca, logró resolver el problema de una posible hambruna global, pero al mismo tiempo se favoreció los grandes monocultivos y detonó el empobrecimiento de los suelos y la pérdida de la biodiversidad en los agroecosistemas.

Así mismo, el crecimiento de la industria manufacturera, al tiempo que creó mayores demandas sobre los materiales y los recursos energéticos, intensificó la contaminación de la atmósfera, los suelos y las aguas. La contaminación de los grandes ríos de Europa, como el Rhin y el Támesis, resultaron emblemáticos debido al gran costo ambiental y social que había conllevado el nuevo estilo de vida, que, gracias a los enormes avances tecnológicos no sólo estaba en capacidad de satisfacer las necesidades básicas de su población, sino que además estaba en capacidad de ofrecer una amplia gama de productos y servicios para “mejorar su calidad de vida”.

Otro aspecto que se le suma es el crecimiento exponencial de los habitantes en las ciudades. En 50 años la población urbana ha pasado del 36% al 55%; esto se traduce en que más de 4.000 millones de personas viven en asentamientos con un mayor riesgo de contaminación y de acuerdo a las publicaciones de ONU-Hábitat, para el año 2050 unos 6.000 millones de personas vivirán en ciudades. En Latinoamérica y el Caribe; en 1950, 4 de cada 10 habitantes de esta región vivían en ciudades, actualmente 7 de cada 10 personas viven en zonas urbanas, y, se estima que para el año 2050, 9 de cada 10 habitantes de América Latina vivirán en zonas urbanas. Aunque las zonas rurales no se libran de los efectos de la contaminación, la presencia de gases y partículas tóxicas en el aire de las ciudades es una de las mayores preocupaciones a escala mundial.

Debido a que la gente consume los productos y servicios de la naturaleza, cada uno de nosotros tiene un impacto sobre el planeta. Esto no representaría un problema siempre y cuando la carga humana se mantenga dentro de la capacidad ecológica de la biosfera, sin embargo, hoy en día se ha superado ya dicha capacidad de carga. De hecho, se ha estimado en 1,7 hectáreas la biocapacidad del planeta por cada habitante (es decir el terreno productivo disponible para satisfacer las necesidades de cada uno de los más de 6000 millones de habitantes del planeta) mientras que en la actualidad la huella ecológica media por habitante es de 2,8 hectáreas. El objetivo fundamental de su cálculo consiste en evaluar el impacto sobre el planeta de un determinado modo o forma de vida y compararlo con la biocapacidad del planeta. De la diferencia de ambos, biocapacidad (recursos disponibles) y huella ecología (recursos requeridos), resulta el indicador de déficit ecológico.

La huella ecológica es un indicador de sustentabilidad, diseñado por William Rees y Malthis Wackernagel  a mediados de la década de los 90`s. Mathis Wackernagel es en la actualidad presidente de la Global Footprint Network.

La huella ecológica (del inglés ecological footprint) es un indicador del impacto ambiental generado por la demanda humana que se hace de los recursos existentes en los ecosistemas del planeta, relacionándola con la capacidad ecológica de la Tierra de regenerar sus recursos. Representa el área de tierra o agua ecológicamente productivos (cultivos, pastos, bosques o ecosistemas acuáticos) e idealmente también el volumen de aire necesarios para generar recursos y además para asimilar los residuos producidos por cada población determinada de acuerdo con su modo de vida. Estas medidas se pueden efectuar realizándose a diferentes escalas: individuo (la huella ecológica de una persona), poblaciones (la huella ecológica de una ciudad, de una región, de un país), comunidades (la huella ecológica de las sociedades agrícolas, de las sociedades industrializadas).

El método de cálculo fue desarrollado por Wackernagel en su tesis que denominó “Huella ecológica y capacidad de carga apropiada: Una herramienta de Planificación para la Sustentabilidad”. A principios de 1996, ambos publicaron el libro “Nuestra Huella Ecológica: Reducir el impacto humano sobre la tierra”, el cual fue traducido a múltiples idiomas. Aunque no es un indicador oficial, se ha venido utilizando de manera referencial. La técnica fue adoptada por el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente-PNUMA, pues se consideró una herramienta que cuantifica el impacto ecológico de la humanidad. Algunos países también la han utilizado, como por ejemplo España y México.

La metodología se basa en la estimación de la superficie productiva necesaria para satisfacer los consumos asociados a la alimentación, productos forestales, al consumo energético y a la ocupación directa del suelo. Las superficies productivas se basan en la siguiente tabla.

La huella se expresa en hectáreas por habitante por año si se realiza el cálculo para un habitante; o bien en hectáreas totales si se calcula para toda la población residente en un determinado territorio; para lo cual se realiza en los siguientes pasos: Primero se contabiliza el consumo de las diferentes categorías físicas. En caso de que no existan datos directos de los consumos, se estiman los consumos aparentes para cada producto con la siguiente expresión:

Consumo Aparente= Producción – Exportación + Importación

Posteriormente se calcula la superficie necesaria para satisfacer el consumo medio por habitante de un determinado producto, usando los valores de productividad. En la metodología estándar se opta por la utilización de factores de productividad globales porque así se hace posible la comparación de la huella ecológica a escala local y se contribuye a la normalización del indicador.

En lo relativo al consumo energético el cálculo depende de la fuente de energía utilizada. En caso de ser combustibles fósiles se obtiene a partir de consumo total directo más el asociado a la producción de los bienes y servicios consumidos, divididos por la capacidad de fijación del CO2 de la superficie forestal.

Fig. 62 Calculo de Huella Ecológico.
Fuente: Ministerio de Medio Ambiente y Medio Rural y Marino - España

Una vez contabilizados los consumos y aplicados los índices de productividad consideradas se dispone entonces de las diferentes superficies productivas consideradas, que luego serán normalizadas mediante factores de equivalencia. Se dispone entonces de las hectáreas globales, que al ser sumadas corresponde a la huella ecológica total.

Una vez estimada la Huella Ecológica, se calculan las superficies reales de cada tipología de terreno productivo disponibles en el ámbito territorial de estudio. La suma de todos ellos es la biocapacidad y se expresa en hectáreas por habitante. Las superficies productivas aportan servicios, tanto de producción de bienes consumidos como de asimilación de residuos, como por ejemplo el CO2 a través de los bosques.

También se vienen manejando otros conceptos como huella de carbono o huella hídrica.

La huella hídrica es un indicador del uso de agua dulce que hace referencia tanto al uso directo del agua de un consumidor o productor, como a su uso indirecto. Se utiliza para medir el volumen total de agua dulce usado para producir los bienes y servicios producidos por una empresa, o consumidos por un individuo o comunidad. El uso de agua se mide en el volumen de agua consumida, evaporada o contaminada, y se puede calcular para cualquier grupo definido de consumidores (individuos, familias, pueblos, ciudades, provincias, estados o naciones) o productores (organismos públicos, empresas privadas o el sector económico). Se puede observar gráficamente en la Fig. 63.

Fig. 63 Calculo de Huella Hídrica
Fuente: www.agua.org.mx

La huella de carbono es un indicador ambiental que pretende reflejar «la totalidad de gases de efecto invernadero emitidos por efecto directo o indirecto de un individuo, organización, evento o producto. Tal impacto ambiental es medido llevando a cabo un inventario de emisiones de GEI o un análisis de ciclo de vida, según la tipología de huella. La huella de carbono se mide en masa de CO2 equivalente.

A continuación, se presentan metodologías actualmente empleadas para el cálculo de la Huella de Carbono:

Guías generales: Se trata de normas ISO de carácter general ampliamente aceptadas como guías de referencia. Facilitan el cálculo de la HC asociada a una organización, evento o ciclo de vida de producto o servicio. Si distinguimos entre estas tres posibilidades se dispone de:

  • Organización, proceso o actividad: La norma ISO 14064-1:2012, ofrece un marco para el diseño y gestión de los inventarios de GEI en las organizaciones.
  • Proyecto o eventos: La norma ISO 14064-2:2012 se centra en proyectos de reducción de emisiones o incrementos de absorción.
  • Productos: La especificación técnica ISO/TS 14067:2013 establece cuales han de ser los principios para la cuantificación y comunicación de la HC durante el ciclo de vida de un producto o servicio.
  • Otras guías de referencia: En el cálculo de la HC de productos o servicios es necesario realizar de forma transparente un análisis ciclo de vida (ACV) evaluando los aspectos ambientales y potenciales impactos asociados. Las normas ISO 14040:2006 e ISO 14044:2006 describen su aplicación en un amplio rango de posibilidades.

Para mantener la confianza pública en las declaraciones, se establecen las normas ISO 14066:2012 e ISO 14065: 2012 que definen los requisitos exigibles en equipos y órganos acreditados para validar emisiones.

En apoyo a organizaciones que aplican la norma ISO 14064-1 para la cuantificación y presentación del informe de emisiones se dispone de la guía ISO/TR 14069:2013. La norma ISO 14064-3:2012 permite validar estas declaraciones por una tercera parte.

Existen también otras guías específicas con metodologías desarrolladas para industrias particulares o países determinados:

  • GHG Protocol: Protocolo internacional muy empleado. Pese a disponer de una metodología muy extensa y complicada es aplicable a cualquier sector incluyendo emisiones indirectas de fuentes que no son propiedad de la organización como actividades de extracción de materias primas y transporte.
  • Normas PAS: Especificaciones públicamente disponibles elaboradas por el British Standards Institution. PAS 2050:2011 asegura que el ACV de productos sea completo, y diferencia dos tipos de ACV: a) Business to Business, que finaliza con la entrega del producto a otra organización; o b) Business to Customer, que considera el ACV completo incluyendo actividades posteriores a la entrega. PAS 2060:2010 asegura la veracidad en las declaraciones sobre Neutralidad de Carbono en productos.

Existen calculadoras o software que estiman los impactos ambientales, sociales y económicos, asociados a un producto o servicio a lo largo de todo su ciclo de vida. Algunas de las más utilizadas son: SIMAPRO, AIRE, COINVENTE, European Platform on Life Cycle Assessment, o ECOit.

  • Bilan Carbone: Método compatible con la norma ISO 14064.
  • Estándar Carbon Trust: Crea una etiqueta identificativa Carbon reduction label que incluye recomendaciones al usuario sobre como reducir el impacto.

Otro de los indicadores que ha tomado relevancia con el transcurrir del tiempo es el Día de la Sobrecapacidad de la Tierra, que corresponde al día en el que se consumen los recursos que regenera la Tierra en un periodo de un año. Esto tiene que ver con nuestro consumo y también con la biocapacidad de la Tierra. Es decir, consumir de forma sostenible es consumir los recursos al ritmo que la Tierra los regenera (según su biocapacidad), para así no poner en peligro el futuro.

Desde 1970 el Día de la Sobrecapacidad de la Tierra se ha ido adelantado en el calendario, ha pasado de ser el 23 de diciembre en 1970 al 29 de julio de este mismo año que será cuando se agoten los recursos para el 2019. El presente año sólo se han necesitado los 7 primeros meses para agotar los recursos que se producen en todo un año. Esta fecha es la global, con el conjunto de todos los países del mundo, pero también podemos conocer la fecha de cada país y ver así su modo de consumo.